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Una tusa tricolor.

Sé que no aconteció ayer, mas me sigue abatiendo como si hubiese sido hace unas horas. Ya sé, que solo es un juego pero... No, no es solo eso, acá va mi descripción de lo que es.

Como producto de una ilusión naciente y renovada nos aventuramos en una travesía llamada copa del mundo, que genera gran expectativa en todo el planeta cada cuatro años y parece una vida de espera cuando vemos que se acerca, es increíble la reacción que tomamos, solo nos cabe emoción y nerviosismo, cada país ahí representado fue con el mismo objetivo y al haber solo un trofeo, se conllevan muchas tristezas, podríamos llenar 2 oceános con las lágrimas que se han derramado a causa de la derrota, podríamos componer la canción más bonita de todas con la melodía de júbilo y las risas sinceras que las victorias generan, podríamos asegurar a Colombia como el mejor país del planeta si tomáramos como referencia esos días en que la Selección jugaba y todo giraba en torno a la unión, la celebración, el entusiasmo, como si se detuviese el reloj y marcara: Está jugando tu equipo y no hay más para hacer que eso.
 
Lo que empezó como ilusión se convirtió pronto en realidad y el desempeño magistral e histórico de Colombia en el campeonato fue la excusa perfecta para cantar como nunca el himno que venimos cantando desde nuestros primeros años escolares y que hasta ahora y después de repetir muchas veces la misma letra, por fin pudimos comprenderla, Oh Gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, que Colombia tiene mucho por dar y sí es posible ser feliz entre tanta adversidad.
 
Por destino o qué sé yo, nos encontramos al anfitrión de la copa en nuestro camino y solo tuvimos dos caminos: matar o morir. Pueden interpretarlo como la segunda pero creo que ha sido la derrota más bonita que he experimentado en mi vida, y más que muerte, fue nacimiento, de una nueva cara al fútbol, al deporte, a la oportunidad, se les recibió como héroes y hoy simplemente puedo afirmar con la más sensible fibra de mi corazón que esto más que un juego fue un cúmulo de pasiones encontradas y una oportunidad perfecta de acercamiento entre compatriotas, las fechas de partidos de la Selección tuvieron más orgullo patrio que cualquier 20 de julio desde 1810 y aunque odio el color amarillo jamás me sentí tan feliz de parecer un girasol andante por doquier.
 
No puedo negarlo, lloré ante la pérdida, se me acongojó el corazón porque merecían más, lo dieron todo, pero esta Copa no era de justicias o méritos sino de definición y de ese tantico nos faltó en el último encuentro. Pero que se preparen, que amarillo azul y rojo no tiene piojos pero sí talento y lo que vieron: fue solo el comienzo.

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