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El olvido que seremos.

Con el permiso no autorizado de Héctor Abad Faciolince me atrevo a citar fragmentos tristes, muy tristes, pero que más que conmover mi corazón a la tristeza lo han agitado de una enérgica indignación. Leer ''El olvido que seremos'', sus columnas puntuales los domingos, ''Angosta'', y ''Tratado de culinaria para mujeres tristes'' son lecturas que se han incrustado sin remedio en mi cabeza y que hoy por hoy, engendran admiración, por su literatura impecable claro pero más por su cobardía. Sí, su cobardía, traslúcida de letras, de sentimiento, de lucha y de vida, su propia vida es lección de libertad, es Héctor un ser humano libre de ataduras religiosas y resentimientos, que transforma en memorias sin dolor y nos invita a perdonar, sobre todas las cosas: ¡perdonar!

Y aquí va.

 Una vez un amigo me contó una historia que yo siempre he querido olvidar. Hubiera querido que nunca me la contara, pero la historia ya está en mi cabeza y no he podido sacarla de ahí. Ahora ustedes la van a oír y tal vez me odien por contarla, porque de ahora en adelante también ustedes tendrán la maldición de recordar sin querer. Les doy una opción, que es lo que hacía mi hijo cuando empezaba la parte de terror en los cuentos infantiles: cierren los ojos, tápense los oídos. La historia tiene la sencillez que casi siempre tiene lo terrible: este amigo iba en carro con su familia para la Costa, en un pick up. Iba con la mujer, con los dos hijos, y con el perro de todos, Toni. El perro era un Springer Spaniel (blanco con manchas cafés) y lo amarraron atrás, en el espacio destapado, en el volco del pick up, pues el perro era necio y era muy incómodo llevarlo diez horas dentro de la cabina cerrada del carro. Eran las cuatro de la madrugada, estaba muy oscuro, y de vez en cuando todos revisaban que el perrito estuviera bien y a gusto atrás, donde le habían hecho un nido con una cobija. A veces ladraba, saludando, a veces aullaba, a veces apoyaba sus patas en el vidrio de atrás. Subiendo por Matasanos los niños se durmieron, y mi amigo, que iba manajando, pensó que el perro se había dormido también. Después de un tiempo sintió algo raro, le pareció extraño que el perro no volviera a asomarse, y les pidió a sus hijos que se asomaran hacia atrás, a ver cómo iba Toni. Ya no estaba; solamente se veía la correa colgando hacia afuera; sin que nadie se diera cuenta, el perrito se había tirado o se había caído de la cabina de atrás y estaba colgando de la cadena. Toni estaba colgado de la correa, estrangulado, dándose golpes contra el pavimento. Pararon. Un pellejo con manchas de sangre, magullado, destrozado. Una piltrafa. Y los niños lo vieron.
Otra vez otro amigo me contó otra historia peor que la anterior. Yo no hubiera querido oírla y tampoco quisiera tenerla que recordar. Tápense los oídos, cierren los ojos los que no quieran conservar horrores revoloteando dentro de las paredes del cráneo. Es la historia de un buen artista antioqueño que sale un día de afán de su casa. Este hombre tiene un niño pequeño, que ya gatea. El padre abre la puerta del garaje, se sube al carro, pone reversa, acelera. Algo blando se interpone entre las llantas, y el carro lo aplasta. Es el niño, su niño, que había salido gateando detrás de él. Sí. Estripado, muerto. Un simple descuido, una prisa, puede convertir nuestra vida para siempre en una pesadilla, en un infierno de remordimiento. En algo que quisiéramos olvidar. El momento fatal puede manchar de dolor la vida entera.
Hoy estoy aquí hablando y escribiendo, porque hace 25 años -un cuarto de siglo ya- mi madre y yo encontramos a mi papá tirado en el suelo, empapado en un charco de sangre, su propia sangre. Quieto, abaleado, muerto, tibio todavía.
Mi papá fue un profesor, un buen profesor, como muchos de ustedes aquí en la Universidad de Antioquia lo pueden atestiguar. Como tal, luchó contra la ignorancia, contra el fanatismo, contra la estupidez. Porque en general la ignorancia, el fanatismo y la estupidez no producen sino sufrimiento. Y mi papá era un enemigo del sufrimiento. 
Este país nunca podrá reconciliarse consigo mismo y con su propio pasado si no les damos a nuestros enemigos, al menos, el beneficio de la duda. Tal vez también ellos tenían algo de razón. Siempre. Tal vez ellos creían actuar en defensa propia cuando mataron a los justos. Tal vez ellos mataron porque no sabían lo que estaban haciendo. Yo no soy cristiano, pero entiendo muy bien que cuando alguien no sabe bien qué es lo que hace, hay que perdonarlo.
Tenemos que vivir con la carga del recuerdo. Pero es necesario olvidar, por lo menos a ratos, para poder vivir. Los dueños de Toni, se tienen que olvidar de lo que le pasó a su perro. El padre no puede recordar todo el tiempo que aplastó a su hijo, y nosotros no podemos vivir de la memoria de la sangre de mi papá. Ya no queremos verla más. Ya no más. Uno también escribe para poder olvidar. Ya está escrito; el que quiera saber cómo fue, que lo lea. Pero a nosotros déjennos, por lo menos a ratos, olvidar. Tiene razón Borges: el olvido es la única venganza y el único perdón. El olvido también es un consuelo, tal vez el único consuelo que existe.

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