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Día dos. O siete.

Para las mujeres que acostumbramos llorar, no hay lágrimas más dolorosas que esas que nos preocupamos por ocultar. El amor y el adiós son aspectos definitivos de nuestra vida y deben decidirse con firmeza, nada es para siempre, ni el enamoramiento ni la soledad, en algún momentos ambos estados son interrumpidos por el otro y casi que a modo de ciclo, nuestra vida concierne a los dos, pero no debe girar en torno a ellos.

Los lunes son inicio, los atardeceres son comenzar, la lluvia humedece las flores y los ciclos acaban por una razón. Pero los lunes también son un desastre si te sientes exhausto, los atardeceres son un maldito final, la lluvia te moja todo y te retrasa, los finales de los ciclos duelen del asco y todo eso es una verdad,  nos la pasamos leyendo cosas de superación personal como si fuéramos nosotros mismos el problema, y la verdad es que si todo funcionara según nosotros lo concebimos no habría tanto llanto por ahí.

Pero lo cierto es, que cualquier despedida genera desconcierto, hasta el más insulso y cotidiano, que si son necesarios está por verse pero de que duelen, duelen, y hoy por hoy, se siente igual que un ardor en el pecho que aflige y desespera, sea porque no sabes los motivos o porque no los aceptas, pero lo cierto es, que al irse alguien de tu vida, se lleva con él un pedazo de la misma, que no sabemos cuándo no los va a regresar porque a la larga, no saben que se lo empacaron. 

Lo más deprimente es que se va, con el fragmento de nuestra memoria y en cambio deja, sin mayor preocupación todos los artificios materiales que nos miran fijamente recordando la ausencia: las fotografías, las amistades que nos trajeron, los obsequios, los papeles, los olores, las sonrisas, el sexo, las canciones, las comidas, los lugares. Todo queda grabado demoniacamente en algún rincón de nuestra cabeza y nuestra habitación, los rastros del contacto de la piel difícilmente podrán borrarse; cuando deseas repudiar un recuerdo en especial, los días que le siguen conspiran para que lo recuerdes más que nunca.

El adiós trae efectos consecuentes a modo de preguntas: ¿No le importó echar a la basura todo lo construido?, ¿Qué habría pasado si no...?, ¿Volverá?

Por vuestra salud mental y la de quién les escribe diría que lo más pertinente, posterior al planteamiento de dichas preguntas, es exorcizarse de las mismas, porque retuercen, atormentan, quitan paz y te llenan de remordimientos innecesarios, porque hagas lo que hagas, quién se fue no vuelve, aunque regrese. Si alguien ha decidido marcharse, es tu deber dejarlo ir, pues forzar un sentimiento o una voluntad es vicio del consentimiento y como estudiante de Derecho me niego a aprobar cualquier imperativo si de afecto se trata. 

En muchas ocasiones, la gente no se va porque ya no te quieren, tal vez porque él sí tuvo los pantalones de decidir lo mejor para ambos, tal vez porque no te quiso de la forma en que esperabas que lo hiciera, con o sin su afecto, siempre te va a quedar algo que nada ni nadie te puede arrebatar a menos que seas tú quién lo despilfarre y es tu amor hacia ti mismo, cualquier día puedes despertar y ya no ver a quién quieres con vida, o a tu lado, porque ha decidido marcharse, pero nunca tu amor propio se va a levantar y abandonarte, cultivarlo no solo te hace más llevadera esta depresión que te la mandó como el diablo, sino que te evita futuras heridas tan dolorosas como las actuales.

Duele mucho, y te aseguro: no va a dejar de doler mañana, pero el mes próximo tal vez, hayas conseguido un nuevo propósito que distraiga el recuerdo y lo adormezca, pero sigue ahí, vivo y latente, ¿esperaban un remedio para el despecho? Aquí no podrían encontrarlo, los adioses se enfrentan, y dudo que alguien tenga el remedio definitivo, hay fiebres que se sudan y amores que se lloran, no tienes alternativa, perdón.

Comentarios

  1. Deleite es a los oídos escuchar lo que quieren, devastador a los ojos leer lo que el alma necesita.
    ¿Estudia usted Derecho?
    -Mesero, una copa de vino tinto y más estudiantes de esta clase. Gracias.
    (Comentario impersonal)

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  2. -Mesero, hágame el favor, no olvide poner por delante de aprendices, directrices como tú, ¡Caminante no hay camino, se hace camino al andar!

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