¿Recuerdan la última vez que fueron a un lugar, sin mirar en ningún momento la hora, o pensar el momento en que ya era tiempo de marcharse? Yo tampoco.
Atados de a poquito a todo, a la hora y a las circunstancias, a las obligaciones y las diligencias, a la hora de dormir y a la hora de despertar, ya no recordamos qué se siente ensuciarse sin mirarse la ropa, ni besar a alguien sin esperar un después, se nos complicó tanto la vida, que la vivimos y no sabemos qué hacer con ella.
Dichosos los que merodean con ella haciendo lo que les plazca, pero al resto, al que se sujeta a un plan, porque es lo correcto y es lo apropiado, a esos y a mí, nos toca conformarnos con los tiempos libres dedicados al ocio y a dormir tranquilos después, mucho después de haber hecho tour dirigido por todas nuestras memorias bonitas y fracasadas.
Entre esos tablones nefastos y antiquísimos, se hallan personas y momentos inefables, maravillosos, que desearíamos regresar a ellos por instantes y sentir la bruma del aire en ese momento, y sentir en la piel lo mismo que ese día y a esa hora, sentimos. Luego de mucho, me pasó, y recordé lo que se sentía un suspiro condenado al olvido, y volvió a mis pupilas el mismo curso que seguían cuando le veían, y mis pulmones se sincronizaron con mi palpitar, como un día había hecho con solo tenerle al lado, y de nuevo me sudaron los dedos al compararlos con sus manos, gigantes y omnipresentes.
Fugaz como cualquier momento que se disfruta, ensordecedor como cualquier relámpago enfurecido, ambiguo como cualquier pregunta no estudiada en examen, confusa como un texto desconocido, así se sintieron esos minutos, horas, días, pero nada más, nada más que días que pasaron a la historia junto con los demás que se han marcado en cualquier vulgar calendario.
La nostalgia no se hizo esperar, pero el momento de decir adiós era inevitable, por lo que ya saben, la vida, las obligaciones, las circunstancias, y todo eso que nos arrebata los momentos dulces, por unos más neutros, y más estables; pero cuánto no daría, mi mirada perdida o mi sonrisa chueca, por verle mirar de nuevo o reír como niño. Sacrificaría otros tantos atardeceres, por una penumbra contigo, pero ya es hora de sacudir la mano con vehemencia y sonreír con resignación, en mí no hay preguntas o peticiones, pues no necesito respuestas o explicaciones, en mí solo hay un grato recuerdo del 'otra vez' pero del 'no fue'.
Ni deshojo margaritas, ni fumo cigarros, me alisto para el día que sigue, que no da espera y que pronto vendrá.
Comentarios
Publicar un comentario