Luego de una dosis inapropiada de shows norteamericanos en los que, por supuesto, la trama abordaba sus casuales formas de querer y desear, pensé: Cuan lejos estamos de ser liberales y desenfadados en lo que a relaciones filiales refiere.
Pecaría en falacia generalizadora si lo afirmo, pero digamos que la mayoría de chicas y chicos en los veintitantos se proyecta felizmente casado, o al menos, con una pareja estable con quien compartir. Herencia de una larga trayectoria basada en la tradición y tranquilidad, is this a bad thing? Claro que no, de hecho, pertenezco al club, pero no deja de intrigarme cómo la globalización llegó a inferir en todos los aspectos de nuestras vidas, excepto, en la forma en que anhelamos nuestra vida amorosa. Lo que sí está mal: juzgar modos de vida por no comprender decisiones ajenas.
Al final, si son nuestras decisiones el resultado de una interiorización consciente de nuestros anhelos, con seguridad estaremos satisfechos con las que tomemos, no lo será en cambio, si son basadas en el prejuicio o el temor a desconocer nuestras aficiones secretas.
Mientras, por más millennials o centennials que quieran tildar a nuestra generación, seguimos queriendo lo mismo que quienes se enviaban correspondencia para reportarse a su amado, aunque hoy sea por un trivial e inmediato whatsapp.
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