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El cielo en la tierra.

Cuando supe que había algo mejor que la perfección te encontré, con un montón de excusas para decir no y dije sí, porque ante todo la terquedad. Ahora me invade la nostalgia y el recuerdo, pero también me inundo de cosas bonitas y las escribo.

De la tormenta incesante que fui hace poco, hoy no queda ni el sereno, y en cambio hay un jardín que lo cuida mi sol, brillante y lejano, que a la distancia vela por mis días, me da la energía y también la flojera, de quedarme en cama otro par de minutos a escribirle un mensaje de buenos días, mientras me alisto para irme, a pensarlo en el camino, porque si bien amor no es estar todo el tiempo con el responsable, sí lo es anhelar su encuentro aunque tarde. Comprendí que amar no es tocar, sino querer hacerlo más que nada e imaginarlo con recelo hace brotar en mí un manantial puro, no tan puro porque también hay deseo, pero ustedes me entienden.

Soy creyente fiel de que las sonrisas tontas que surgen de pronto en desconocidos comunes tienen alguien en la mirada, me gusta saber que la gente se quiere a lo lejos, me encanta saber que yo lo hago.

Sí duele no poder verle, tener problemas y no sentir su abrazo, pero dolería más si no fuera él en quién pienso cuando algo me aflige y el corazón chiquito se conforma con la esperanza, esperanza que me llena porque con él todo es fe y espera, confianza y amaneceres.

Las llamadas ayudan mucho, las fotografías, las paredes sordas de los diálogos nocturnos son testigos de los anhelos no dichos afuera, las flores se secan pero la primavera siempre vuelve, porque mi sol siempre está cuidando mi jardín.

Desde que lo tengo adentro no lo siento nunca fuera, las distancias son cosas de geografía y esos puntos ya los unimos con caricias, una imagen complace y un mensaje bonito reconforta, los techos son como el lienzo blanco donde pinto de forma imaginaria nuestras desventuras, cuando tengo chance de pensarlo, mi sol.

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