He abierto puertas y ventanas y aún no sale el sol, porque los días nos comienzan cuando lo decidimos, sino cuando el curso natural de las cosas deciden que sucedan, por eso no podemos controlar los amaneceres, ni las muertes, ni el tic-tac fastidioso de mi reloj de muñeca.
No podríamos incluso controlar lo que sentimos porque por más que nos queramos convencer a veces de no querer sentir algo, ese algo, esa cosa, vive en nosotros como los rayos del sol que arden en la piel cuando sientes la arena en los pies, y qué bonito que no podamos decidir todas estas cosas, porque en la imposibilidad de escoger nos tropezamos con las mejores elecciones, y no poder saber cuando puede morir alguien que amo me obliga a hacerle ver mi amor en vida. No saber cuando rayos va a amanecer me hace poner un despertador con sonido irritable. No poder detener el tiempo me hace añorar cada segundo y planear así, los que siguen.
No podemos escoger tantas cosas, ni siquiera la vida en la que estamos fue voluntad nuestra, pero... Benditos sean los soles que desconocemos van a salir, benditas las vidas que se esfumarán ante nuestros ojos cuando más las lloremos, bendito sea el tiempo que corre sin pausa, sin cansancio, pero con nosotros.
No tengo aparente solución a este problemita de no poder decidir por nosotros mismos. Pero tampoco deseo encontrarla, porque con las madrugadas que he visto a entrecerrar de ojos, las muertes que he llorado y las llegadas tardías por impuntual: he visto el valor del día, de la vida, del ahora.
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