Con suerte he visto más de una amiga dejar toda su energía y entusiasmo en la pista, toda producida y confiada, segura, con manos arriba y cintura despejada, porque de parejos sí que estamos graves a veces. ¿Tanto hombre metido en cantina y tan pocos valientes que bailen con uno? Bah, igual, entre amigas, un parejo es un plus, no un requisito.
Había subestimado el valor de la danza toda mi vida, porque con algo de vergüenza he tenido que decir: ''qué pena, eso no lo sé bailar'' y no, no es ningún cliché de vieja orgullosa, es mera incapacidad de seguirle el paso a una bachata. En mi defensa diré que lo costeña me lo dieron en actitud y acento, porque de movimiento soy toda una boyacense. Ustedes perdonarán, ¿quién pelea con la genética?
Esa inseguridad de hacer el oso en los quinceañeros se fue perdiendo en la medida que comprendía que si un hombre, después de verme bailando tan mal, quería de todos modos compartir una canción conmigo era porque le parecía chévere y no iba a embarrarlas con mis disculpas. Mejor pedía excusas después de pisarlo y no antes para pasar por morronga.
Para mis males, los hombres con los que he estado son grandes bailarines, mejor dicho, unos trompos: todo lo mueven, todo se lo ingenian, ¡qué vaina! Pero ni de muerte dejar a mi chico solo en plena disco teniendome sentada por tener mala actitud, así que, a lo que sea me le medía y de ese modo es que he estado bailando estos últimos años de mi vida: con valentía, aguante y creatividad improvisada. Me digo mentalmente ''bueno Valeria, tanto que estudia y no va a ser capaz de seguirle el son a las caderas de aquella? Qué va'', y así me la paso, hasta que los tacones entran en discusión con mis pies y toca separarlos unos con otros para evitar estragos de guerra en mi piel.
Miren, no es la rumba en lato sensu lo que sana tusas, ni el alcohol (eso da acné, buu), es el meneo sin mente, la compañía de amigas incondicionales, el arreglarnos y quedar divinas para nuestra respectiva selfie y nuestro despampanante desempeño en la disco.
No creo que uno encuentre el amor de su vida en una discoteca pero con toda seguridad puedo afirmar que un cuerpo que baila es un corazón que goza.

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