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La terraza

Insulsa y perspicaz, compartíamos en chat, las historias podían pasar de párrafos enteros y era así como nos comunicábamos de forma audaz, sin parar, con una confianza increíble y una escucha atenta a la otra como un par de amigas tomando café, salvo que el café era teclado y las mesedoras eran virtuales, pero qué bonita terraza como escenario para contar, las desventuras de ambas, que si bien no eran de otro mundo, hacían de nuestros mundos algo más bonito: ellos.

Ellos, imperfectos, peculiares, simples mortales que hacían de nuestras vidas algo trascendental, el amor que han de darnos no es el ideal, es el real, que tangible, el del hoy y del ahora, y eso lo es todo para nosotras.

Se va enfriando el café y con ello los humos, una vez cae la tarde, y el bello sol del día dice adiós, en una danza singular con las nubes pintadas a pulso de colores increíbles y los lentes de nuestras cámaras listas para capturar los momentos, como nuestros ojos cuando trazan en la mirada de ellos felicidad pura y palpable; y nuestros labios dibujan notas musicales con besos. Y eso, eso era amor.

Entre risas y anécdotas chifladas, que pasan por historias de conejos, mascotas perdidas, peces, comida que hace daño gastrointestinal y uno que otro desliz, se va la tarde y pronto ya se asoma la noche tímida, les diría que salimos luego a rumbear como un par de señoritas joviales y dulces, pero tenemos problemas con el alcohol y las noches afuera, se nos hace el tiempo leyendo de política y entre leyes hacemos fiesta.

Fiesta. En sus ojos hay fiesta y en nuestra terraza una nueva oportunidad para compartir.
Sobra decir que nuestros nombres LEVEMENTE parecidos no han de ser casualidad, o sí, qué vamos a saber, estamos ocupadas riéndonos de una nueva víctima, adiós.

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