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Concupiscencia.

Los hechos y personajes en esta historia son reales. Solo en la imaginación de su autora.

Dejaba el pañuelo húmedo y no había traído consigo ni uno más, el frío era algo aburrido, sí, como cuando un clima no trae gracia ni aventura sino que se limita a ser. Pero a ella le urgía dónde sacudir con vehemencia toda su mucosidad y su única alternativa era conseguirlo de alguien, por las fuertes lluvias muchos no habían llegado a clases y el granizo aparcaba en frente de su auto, las rutas estaban detenidas así que era algo así como imposible marcharse de la Universidad. Afanada se quitó el abrigo y con el mismo placer que se ve con con lentes para la miopía, la protagonista de nuestra historia sacó todo de sí para respirar con claridad. Vaya suerte le acompañaba ese día, el hombre que le observaba mostraba profundo interés en ella, le sonaba como música el solo contemplarla, y ante la soledad del recinto se le acercó y le acercó una servilleta.
-Algo tarde pero gracias.
Le respondió con desenfado sin mirarle. Su indiferencia se sintió para él como si le hubiesen halado de su miembro y con la virilidad del caso la tomó de las manos y le informó de sus deseos. Era un chico de tez abrumadora, de unos ojos fuego y unos labios seda, convencido de quererla a ella, como se quiere un colibrí y una flor: para hacer magia pero para olvidarse después. Atónita de escuchar una declaración tan inescrupulosa pensó un momento en marcharse rápidamente de ahí después de gritarle un par de obscenidades. Pero las entrañas le quemaban dentro y más se arrepiente de lo que no se hace que de lo que sí, la concupiscencia de sus principios la esclavizó en el deseo. Esa noche hubo pecado pero también fuegos artificiales emanados de dos cuerpos liberados. Uno de la ganas, la otra de los mocos.
Fin.

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