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Madurando un corazón se puede podrir.

De tantos golpes que sufre un metal, este se tuerce pero no cede, de tantos antibióticos la enfermedad huye del cuerpo pero nunca del ambiente y ante las heridas que golpean el corazón siempre dejan rastro pero nunca lo logran desaparecer... Solo destruir, lentamente, con precaución y sin compasión, en miles de pedazos pequeños y diminutos de tal forma que se vuelve imposible hallarlos y juntarlos de la manera correcta otra vez, porque en una persona que llora, la sonrisa próxima se vuelve más dolorosa, y detrás de una fotografía perfecta hay miles de filtros contra la palidez y el rastro de llanto que aflorece en el jardín desértico de nuestro rostro.
cuándo una canción triste forja recuerdo en nosotros se hace evidente el pasado que no vuelve y la canción que sí repite.
Cuándo una calle más dentro del mundo se vuelve un lugar memorable para nosotros, ha de ser evidencia del lugar del crimen donde se aproximaba tu destrucción.
Cuándo hallamos satisfacción en cosas banales y sin sentido, nos damos cuenta cuan vacíos estamos.
Y en la inconformidad de la vida nos sentimos amigos de escritores y músicas que desconocen nuestra existencia pero han sabido llegar a nuestra alma y rozarla con su arte hasta arder lenta y dolorosamente contra le herida de lo que sus letras y ritmos nos recuerdan.
Este escrito no pretende curar, sanar, llenar vacíos existenciales ni responder preguntas abstractas, solo pretendo hacérles saber que así como estás tú leyendo esto con una clara persona en la mente ahora mismo, otra persona hace lo mismo, y entonces nos damos cuenta...

Que no estamos solos.

Y que tengas precaución con lo que haces por recordar u olvidar, porque endureciendo un corazón no solo lo haces insensible al dolor sino también a la felicidad.

Porque en el intento de madurar te puedes podrir.

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